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Ciara S., Irlanda

"Mis padres y amigos no podían creer que una persona tan joven y activa, aparentemente sana, pudiera tener esta enfermedad."

La osteoporosis ha sido denominada la “enfermedad silenciosa”, y eso fue muy cierto en mi caso. Había estado participando en deportes de combate, haciendo sit-ups cuando iba, dos veces por semana, al gimnasio, tomando café en los horarios del almuerzo, ¡mientras andaba con los huesos de una anciana de 80 años! Pero ni siquiera había atravesado la temible menopausia. Era una graduada universitaria de 23 años, llena de energía, preparada para todo lo que se interpusiera en mi camino. Consideraba que llevaba una vida activa sana; no fumaba, comía alimentos sanos y me estaba entrenando duro para mantenerme en forma. En realidad, había desatendido mi alimentación a un punto tal, que mi densidad mineral ósea estaba sumamente baja: era hora de hacer algo.

Por primera vez, me di cuenta de que algo andaba mal cuando visité a mi médica local, luego de pasar un tiempo en el extranjero. Inmediatamente, se preocupó por mi pérdida de peso: con un 1,65 metro de altura, yo pesaba menos de 47,5 kilos y estaba, clínicamente, baja de peso. Yo también lo había advertido, pero lo había atribuido a lo mucho que estaba viajando, salteando comidas, con hábitos alimenticios irregulares, mientras atravesaba diferentes husos horarios. Me preguntó, en detalle, sobre mi dieta, que reveló que yo estaba comiendo cada vez menos lácteos y productos que contuvieran huevo. Como yo ya era una lacto-ovo vegetariana, esto le preocupó. También me preguntó acerca de mis hábitos relacionados con el ejercicio físico, y me reveló que yo estaba haciendo demasiado ejercicio para la cantidad de calorías que ingería. Éste era el motivo de la pérdida de peso; sin embargo, pudo ver otro cambio preocupante. Yo había advertido que mis ciclos menstruales se alteraban durante los exámenes finales, lo cual yo había atribuido al estrés. Pero durante los viajes, no volví a menstruar (esto lo atribuí a la emoción del viaje). En suma, mis ciclos se interrumpieron durante más de un año y medio. Sobre la base de esta información, mi médica sugirió que me hiciera una DXA lo antes posible. Ésta fue la primera vez que me informaron sobre la relación entre dieta, ejercicio, desequilibrios hormonales (particularmente, estrógeno) y osteoporosis.

Al escuchar que necesitaba hacerme una DXA, busqué opciones para tener el estudio terminado lo antes posible. Los estudios de rutina pueden costar más de 100 euros, que era una cifra elevada para mí, ya que no estaba trabajando en ese momento. Mi médica me comentó que el Departamento de Anatomía del Trinity College Dublin (TCD) estaba investigando la asociación entre los trastornos de la alimentación en adolescentes y la incidencia de osteoporosis. Aceptaron que me hiciera el estudio en el término de una semana. Me hicieron ecografía de columna lumbar y de ambas caderas, y tuve los resultados 10 minutos después de la ecografía final. Los resultados me sorprendieron. Recuerdo que caminaba por los adoquines del Trinity College escéptica: tenía osteoporosis en la columna lumbar, con un score de T inferior a –2,5 (por encima de –1,0, se considera normal cuando se lo compara con valores normativos, según edad y sexo). Mis caderas presentaban osteopenia moderada; con un score de –1,7, mi cadera izquierda estaba peor que la derecha.

Comenté los resultados con una especialista, la profesora Moira O’Brien, quien me recomendó un tratamiento, pero resaltó la importancia del cambio en el estilo de vida. Comencé a tomar suplementos de calcio y vitamina D, además de medio litro de leche, que, en total, aportaba 1000mg de calcio y 800 IU de vitamina D. Me indicaron HRT, que luego fue cambiado por una dosis baja de píldora anticonceptiva, debido a complicaciones. Aún estoy tomando estos medicamentos, 18 meses más tarde. Con respecto a los cambios en el estilo de vida, practico menos deportes de combate y me he concentrado en un programa moderado de carreras, y camino mucho. Además, reduje la cafeína (tomaba un montón de Coca dietética) y la ingesta de alcohol a no más de 5 unidades por semana. Mis patrones alimentarios han mejorado, y tengo una dieta más variada, que incluye yogur y queso.

Hace seis meses, casi un año después del diagnóstico, una DXA de seguimiento mostró mejoras muy positivas. Mi densidad ósea mejoró un 6%, la osteoporosis en la columna lumbar había mejorado y ahora era osteopenia moderada, y mis caderas estaban dentro del rango normal. Los cambios en la densidad ósea son, generalmente, lentos, por lo tanto, éste era un resultado alentador.

Me he acercado a la Sociedad Irlandesa de Osteoporosis (IOS) y estoy conociendo el enorme trabajo que hacen para educar al público general acerca de los factores de riesgo de la osteoporosis: de qué manera puede afectar a cualquier persona de cualquier edad. Con un caso como el mío, se puede hacer tomar conciencia a la gente acerca de esta enfermedad. Mis padres y amigos se alarmaron cuando supieron que yo tenía lo que consideraban una “enfermedad de mujeres mayores”, no podían creer que una persona tan joven y activa, aparentemente sana, pudiera tener esta enfermedad. En una reunión reciente de la Sociedad Irlandesa de Osteoporosis, di un claro ejemplo del problema, cuando hablé, brevemente, sobre mis experiencias con esta enfermedad. Cuando me puse de pie, toda la audiencia quedo boquiabierta, nadie había esperado que una mujer joven tuviera osteoporosis, y todos creían que yo estaba en la reunión en representación de un familiar mayor. Incluso entre enfermos de osteoporosis, que conocen los factores de riesgo y la etiología de la enfermedad, todavía existe la falsa idea de que sólo afecta a mujeres ancianas.

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